Recuerdo el día que la acompañé hasta su casa, largo camino de confesiones prohibidas y miradas varias, sonrisas de contrabando que en mi corazón se estaban clavando, y entonces en un absurdo intento de llamar su atención, recordé que coleccionaba fotos en blanco y negro, porque el color, lo ponía yo, en mis recuerdos.
Ella me miró con esos ojos tan hondos y con un gesto de alegría me confesó que ella, era coleccionista de sonrisas. Inmerso en su bella extrañeza susurré en mi cabeza que eso era imposible, pero a ella, con tono hipócrita la animé, -¿y cuales son tus favoritas? murmuré
Entornó lo ojos, y sé, que en ese momento viajó a un mundo en el que ni yo, ni nadie podríamos soñar en llegar nunca, pero entre lineas llegué a comprender, que la afortunada no era ella por poseer las sonrisas de él, el afortunado era él, por dejar sus sonrisas en manos de ella, mi envidia emanó y resignado, la oí hablar durante horas, y aunque nunca la escuché, en mi cabeza, quedó su imagen, su foto, en blanco y negro.

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